1
Entonces yo tenía 13 años, tal vez 14. Me acababan de dar paperas y tenía que pasar largos días en la cama, sin moverme mucho. Un amigo de mis padres, a quien no veíamos de tiempo atrás, llegó inesperadamente de visita y nos trajo como regalo a mis hermanos y a mí cinco tomos de Las aventuras de Tintín. Yo nunca había oído hablar de Tintín; ni siquiera estaba al tanto de que era una de las historietas europeas más famosas del siglo XX. Con curiosidad, empecé a hojear El cetro de Ottokar, la primera de ellas, y entonces comenzaron un placer y una pasión que me han acompañado a lo largo de los años. Leí en un soplo Las joyas de la Castafiori, El cangrejo de las pinzas de oro y lo que más tarde sabría que fue una de las obras más ambiciosas de Hergé: el díptico compuesto por El secreto del Unicornio y El tesoro de Rackham el Rojo.
En esa aventura, Tintín y el Capitán Haddock parten hacia un lugar del Caribe que nunca está del todo claro. Podría ser en cercanías de Antigua o Santa Lucía. Quién sabe. En todo caso, es una isla en el océano Atlántico que guarda muchas similitudes con La isla del tesoro, el libro de Stevenson. Lo que persiguen Tintín y el Capitán Haddock es un cofre oculto desde el siglo XVIII en las entrañas de un galeón llamado El Unicornio. Empiezan las pesquisas haciendo breves paseos submarinos. En uno de ellos, el Capitán Haddock, que está explorando el fondo, tira nerviosamente de la cuerda de seguridad. Lo suben a toda prisa, pensando que tal vez se haya encontrado con un tiburón. Pero no es así; al salir a la superficie, el Capitán se quita la escafandra y exclama:
"¡Miren lo que me encontré!”.
Y muestra, jubiloso, una botella de ron.
“¡Es ron de Jamaica! ¡Añejo! ¡Tiene doscientos cincuenta años! ¡Me dirán lo que les parece!”.
Pero, sin darles tiempo de nada, se empaca de un golpe la botella y vuelve y se tira al mar (sin escafandra), en busca de más ejemplares de ese líquido preciado.
Siempre que hablo del ron, me gusta contar esta historia, decir que allí, en ese libro de Hergé, empezó mi pasión por un trago que, a juzgar por el rostro del Capitán Haddock, debía de ser maravilloso.
Tintín: El principio de la historia © AFP
2
La verdad, menos mitológica, es que mis primeros recuerdos del ron están asociados con mi padre. En México, donde conoció el Bacardí, mi papá se había aficionado intensamente a cocteles como el cuba libre. Luego, al volver a Colombia descubrió en los supermercados el ron Viejo de Caldas y a partir de allí se convirtió en su trago favorito. En mi memoria todavía lo veo llegar en las calurosas tardes de Pereira, buscar un vaso corto, mezclar el ron, la Coca-Cola y el hielo y sentarse a leer el periódico. Un ritual que repitió casi hasta el final de su vida.
Estoy seguro de que en algún momento de esa época probé un cuba libre. Pudo haber sido en alguno de los asados que hacía mi familia y en los que abundaban los licores. Pudo haber sido en la casa de los León, amigos nuestros, en la celebración de un grado. Y aunque no recuerdo el instante, sí conservo muy vívida la sensación en mi paladar: esa mezcla picante y cosquillosa de las burbujas acompañando un tenue sabor a frutas. Muchos psicólogos han observado que los hábitos se transmiten, por lo general, de tíos a sobrinos y que suele ser común que los hijos rechacen los gustos de los padres. A lo mejor en mi caso es cierto, pues si bien me gustó instantáneamente el sabor del cuba libre, habría de pasar un tiempo antes no solo de que el ron se convirtiera en mi bebida predilecta sino de que aceptara el “mentiritas” como una extensión casi natural de mi mano.
En mi rechazo tuvo que ver el hecho de que el cuba libre fuese un trago de quinceañeras. Yo era un mocoso en esa época, pero estaba empezando mi primera etapa de machismo alcohólico y ni muerto hubiese permitido que me asociaran con algo distinto a un bebedor de grueso calibre. Por consiguiente, aunque me costó acostumbrarme al sabor del anís, prefería tomar aguardiente o, en su defecto, si no había otra cosa, whisky, para no sufrir el estigma social de los que bebían “traguitos de niña”.
El ron y el son, a una letra de distancia © Pablo Corral Vega • Corbis
3
En 1982 empecé a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Javeriana. Muy pronto, por amigos de la Facultad, conocí bares como La Teja Corrida o El Goce Pagano, donde era muy popular el ron blanco, sobre todo en forma de mojito. La marca líder entonces era Tres Esquinas, pero yo nunca pude llevarme bien con ella. No solo porque mi gusto siempre ha escorado hacia el ron oscuro, sino porque, en mi opinión, el Tres Esquinas te deja un aliento imposible cuando lo bebes.
De modo que me empacaba cautelosamente mis rones blancos, pero también probaba una multitud adicional de licores. En esos años de experimentación pasé por una breve (y todavía incomprensible para mí) afición por el brandy; me volví asiduo de la cerveza (un amor que ya no tengo), le di una cuarta oportunidad al whisky y le cogí un serio gusto al vino blanco chileno, en particular al 120 servido extremadamente frío. Solo de vez en cuando, como por no dejar, me tomaba un cuba libre.
A finales de los ochenta, César Villegas, el inefable César Pagano, abrió un local de salsa en la naciente Zona Rosa de Bogotá. Fue allí donde probé por primera vez rones Havana Club. Yo no tengo la menor idea de cómo los conseguían (todavía faltaban unos años para la apertura económica), pero a mí me encantaron desde el primer sorbo. El Havana Club es un clásico: ligero, sustancial (como quien dice, “llena la boca” al beberlo), su aroma y sabor resultan inconfundibles. Lo dicho vale tanto para las versiones que se venden en Colombia (de tres a siete años) como para las que solo pueden conseguirse en la isla y por las cuales más de un cantinero llegaría a matar: el San Cristóbal y el 15 Años. A partir de ese punto casi no volví a beber nada distinto. Si existiera una foto mía de esa época (y seguro existe), se me vería con un invariable old fashioned en la mano, tomando Havana en las rocas o añadiéndole sendos chorritos de limón y Coca-Cola. Era tan común esa imagen que un amigo se burlaba de mí diciendo:
“Coño, parece que tuvieras una prótesis mecánica”.

Un "rumbillion" en las playas del Caribe © TopFoto
4
A mí siempre me cautivó la música. Todavía recuerdo con absoluta nitidez la primera canción que me aprendí de memoria: “Ay, la negra...”, de Beto Murgas, a los cinco años, en una breve estancia en Barranquilla. A mi mamá le gustaba comprar discos y por eso, desde muy temprano, genios como Lucho Bermúdez o Pacho Galán fueron parte de la banda sonora de mi infancia. Poco a poco, espoleado por azares y contingencias, por la radio de la época, fui descubriendo nuevas galaxias de la música del Caribe.
En la fábrica donde trabajaba mi padre en Pereira, varios de los empleados eran chocoanos, de Quibdó o de Istmina. Fieles a su origen, les encantaba la música. Uno pasaba por los talleres y escuchaba radios en que la voz de Papaíto se mezclaba con los sandungueos de la Orquesta Mulenze. Los sábados yo iba al club de la empresa y allí conversaba con muchos de ellos; aprendía, absolutamente maravillado, que había unos ritmos electrizantes llamados son montuno, pachanga o bugalú. Me prestaban discos. Me mostraban pasos de baile. A veces me invitaban a unos destartalados galpones que algunos paisanos suyos habían instalado en el centro de Pereira.
La salsa, en todo caso, no era extraña en mi vida. Alcíber, un primo vallenato que estudiaba ingeniería en Popayán, solía pasar algunos fines de semana en nuestra casa de Pereira. Era un bailarín extraordinario, de mucha fantasía y elegancia en los pasos. Cada vez que llegaba, yo literalmente le arrebataba la tula en que traía montones de casetes grabados con paciencia infinita en discotecas de amigos o en programas especializados de salsa. Escuchaba a Nelson y sus Estrellas, a la Charanga de la 4, al Apolo Sound de Roberto Roena o a Paul Ortiz y la Orquesta Son con su contagioso cantante Papo Félix.
Seguramente entonces ya empezaba a maliciar que la música y el trago eran como las dos mitades de una naranja. Sin embargo, fue en Bogotá, en sitios como El Goce Pagano y posteriormente en Salomé o Saint-Amour, en lugares frecuentados por gente bohemia, a menudo con inclinaciones de izquierda, donde hice el vínculo que habría de darle sentido a mis pasiones. Me di cuenta, como si hubiera descubierto un Nuevo Mundo, de que había una equivalencia fonética entre la música y el ron. O, para ser más específico, que el ron (con r) estaba a una letra de distancia del son (con s), lo cual creaba entre ellos una contigüidad tanto de alfabeto como de sustancia. De modo que si yo estaba en Salomé, y César Pagano ponía “Suavecito” de Ignacio Piñeiro, me sentía autorizado a convertir esa línea que dice “el son es lo más sublime para el alma divertir” en una igualmente emocionante “el ron es lo más sublime para el alma divertir”.
La teoría, por supuesto, es caprichosa y no pretende cosa distinta a explicar una sensación que para mí jamás ha perdido su encanto. En mis cánones, tomar ron es como beberme la música. Y a la inversa: oír música es como dar de beber a mis oídos, siempre sedientos. Yo pongo, por ejemplo, la fabulosa versión de “Rompe saragüey” de los Hombres Calientes y me sirvo un Climent Cuvée Homére. En seguida, al primer sorbo, advierto que los sonidos pasan a mi boca y se vuelven líquido, cobran cuerpo e iluminan mi garganta al mismo tiempo que iluminan mis oídos. “Sinestesia” llaman al fenómeno los tratadistas.
El Kraken en una escena de la película Piratas del Caribe 2: El cofre de la muerte. © Disney Enterprises
5
Cada vez que yo ponía de manifiesto mi pasión por el ron, cada vez que intentaba explicar por qué “es lo más sublime para el alma divertir”, la gente me miraba extrañada. Para la mayoría el ron es un trago barato, de mala calidad y de peores efectos en la cabeza y el comportamiento. ¿Qué hacía un niño burgués como yo tomando un espirituoso que solo les gusta a los pobres, las prostitutas y los ladrones? Álvaro Castaño Castillo me contó una vez que ese prejuicio no es de ahora; en los años cuarenta, cuando él y un grupo de otros intelectuales frecuentaban El Café del Rhin, un local situado en la Calle 14 de Bogotá, el signo inequívoco de que alguien era pobre (o estudiante, que para el caso venía a ser lo mismo) era que tomaba ron.
Los menos recalcitrantes (o los más condescendientes) se limitan a decir que no es un trago serio. Algo para tomar en fiestas, en la playa, con sombrillitas en el vaso y exclamaciones de “opa, opa, uh”.
En esta jerarquía se supone que el hombre superior y civilizado, el hombre consciente de sus gustos, el burgués hecho y derecho, toma destilados de otra índole.
Whisky, por ejemplo.
Incluso cuando la gente se da cuenta de que el ron es de primera categoría, le hace elogios vicarios, que tienden automáticamente a rebajarlo: “es como un coñac”, “pero si parece un brandy”, dicen, como si la comparación enalteciera al líquido que tienen delante.
A principios de los noventa era muy común que en los restaurantes de Bogotá las cartas de licores no tuvieran ron y, si lo tenían, que hubiera tan solo una o dos marcas. Yo peleaba amigablemente con los meseros y de vez en cuando con algún propietario a causa de ello. “Pero cómo es posible que ustedes...”, les decía, falsamente escandalizado. “Lo que pasa es que no se vende”, me contestaban, o “a casi nadie le gusta”. Rara vez tenían la franqueza del administrador del bar Chispas en el Hotel Tequendama:
“Lo que pasa es que el ron solo se vende bien en los puteaderos”.
Los esclavos eran comprados en África con una moneda alcohólica, el ron © ArtMedia/HIP • TopFoto
6
Estos prejuicios, como dije, no son de ahora y tienen una larga, dilatada historia. Cuando empezó a fabricarse en Barbados, hacia 1640, el ron era un subproducto del azúcar, algo que le permitía a los dueños de las plantaciones obtener ingresos adicionales a costa de un mínimo esfuerzo extra. Lo importante es que fuera barato y potente. Su calidad... bueno, su calidad era lo de menos. Richard Ligon, un plantador inglés a quien debemos las primeras noticias sobre el ron, dejó escrito que era un “licor caliente e infernal”, cuyo olor nauseabundo solo se mitigaba diluyéndolo con agua, fruta, jugo de limón y diferentes especias. Estos primeros rones también eran extremadamente explosivos y tenían mucha tendencia a encenderse cuando estaban cerca de una llama. Por eso se les utilizaba como sustituto de la pólvora o en combinación con ella. En Piratas del Caribe, la saga protagonizada por Johnny Depp y Orlando Bloom, se hacen muchos chistes al respecto. El mejor de todos tiene lugar en la segunda película de la serie, El cofre de la muerte, cuando los ataca un gigantesco calamar llamado el Kraken y apenas les quedan unos pocos barriles de pólvora. Entonces, Bloom da la orden de añadir todo el ron de las bodegas para aumentar la potencia de la carga. Los marineros se quedan pasmados.
“¿El ron también?”, preguntan incrédulos.
“¡¡¡Sííííí!!! El ron también”, tiene que exigirles el contramaestre, Mister Gibbs.
Al ser un subproducto del azúcar y al dispensársele un mínimo cuidado en su hechura, muy pronto el ron estuvo al alcance de todo el mundo. En las colonias de Nueva Inglaterra era tan barato que en algunos casos el jornal de un día podía mantener a un trabajador completamente borracho durante una semana. Las riñas, los altercados, las alteraciones del orden público se volvieron cosa de todos los días. Kill-devil (literalmente, “matadiablos”) o rumbillion (“barahúnda” o “pelea violenta”) eran las palabras primitivas con que se designaba al ron y que permiten imaginar cuáles eran sus efectos cuando la gente lo bebía en exceso.
Con estos antecedentes, nadie se sorprenderá de que el ron arrastre la fama de ser barato y mortífero. De hecho, en todas partes de América Latina existen chanzas que celebran esta condición. En Cuba se llama a los rones malos “Chispa e tren”, “Uña e tigre”, “El hombre y la tierra”, “Espérame en el piso”, “Duérmete mi niña” o “Pancho el Bravo”. Los amantes de los deportes extremos, aquellos a quienes les gusta el destilamiento casero, beben ron Walfarina, en alegre distorsión de la palabra Warfarina, que es un veneno para ratas muy conocido en la isla. En Medellín existe el ron Jamaica, popularmente conocido como “Jumanji”, y aquí en Bogotá, sobre todo en licoreras del centro, es posible conseguir el Bretón, tan barato y tan dulce que sus malquerientes lo apodan el “Po-bretón”. Esta zumbonería llega hasta el punto de joder con la supuesta calidad inferior del ron frente a otros tragos. En algunas regiones de la costa colombiana es común que las botellas de whisky se usen para envasar rones de alambiques domésticos. Su nombre es maravilloso: “En cuerpo ajeno”. Y en Barranquilla, en lo que pudiéramos calificar como una de las propagandas más inverosímiles de la historia, se anuncia al Hattfield como “el ron para los que saben de whisky”.

Marineros de la Royal Navy hacen fila para su ración de grog © 2001 Topham Picturepoint • TopFoto
7
Hace años, en Villanueva (Guajira), unos cuantos de mis primos y yo tomábamos trago. En un momento se nos acabó el Chivas. Me levanté para comprar otra botella y pregunté si alguien quería ron oscuro. Nadie dijo nada, pero advertí que todos me miraban con espantada lástima. “¿Qué?”, pregunté sorprendido. “¿No les gusta?”. Hubo un silencio relativamente corto hasta que uno de ellos sentenció: “Primo, eso tumba el palo”.
Digamos que me sorprendí. A lo largo de los siglos el ron ha servido para muchos propósitos y se ha utilizado en muy variados contextos. Fue un curalotodo que podía desde combatir la calvicie hasta mitigar los efectos de una gripa. Hoy en día, por supuesto, nadie cree que el ron tenga virtudes medicinales, pero jamás ha decaído la convicción de que es un excelente afrodisíaco. Entre roneros nada es más eficaz a la hora de seducir a una mujer que “ablandarla” con un par de jaiboles. Por eso, en Cartagena al ron oscuro le dicen “aflojayoyo”, en Cuba “bájateelblumer” (el blúmer son los calzones) y en Antioquia al Ron Medellín se le apoda “el quitayín”.
En esta lista no puede faltar la mamajuana de los dominicanos. Con ese nombre se conoce a una bebida muy popular y a la cual también se le atribuyen poderosos e inmediatos efectos en las libidos tristes. Normalmente se prepara de dos maneras. O se llena una botella de ron con diferentes mariscos como pulpo, calamares, camarones y ostras, o (en la también llamada mamajuana de palos, que es la más común) se llena la botella con diversas raíces, esto es, “palos” como la canela, el maguey, el clavo dulce o las pasas. Luego se deja curar por una semana, se vacía el líquido y se llena nuevamente con ron (normalmente ron Brugal) y ya está lista para su disfrute. Algunas preparaciones incluyen un pene de tortuga carey, lo cual triplica su precio en el mundo de los afrodisíacos.
Todas las bebidas, con independencia de su origen y color, nos desinhiben y producen diferentes grados de arrechera. Pero es curioso que el ron oscuro concentre esa reputación de destructor de virilidades. El whisky no la tiene, el coñac no la tiene y el vino mucho menos. Yo no sabría exactamente qué pensar del temor que mis primos manifestaron aquella noche en Villanueva; sé que esa prevención frente al ron oscuro es rara en el mundo del Caribe y también que resulta cuando menos peculiar que no aplique para el ron blanco. Pero, sobre todo, me parece que allí estriba otra más de las causas que hacen rechazar socialmente a los rones. La gente no solo piensa que son baratos, malos e incitan a la violencia, sino que, por si fuera poco, te tumban el palo o te abren las piernas.
© TopFoto
8
Jamás he oído que alguien rechace al ron porque es una bebida relacionada con el comercio de esclavos. Pero si queremos evaluar en su justa medida los hechos que influyen en su aceptación o repudio, debemos recordar una parte fundamental de su historia. Dicho de una manera muy sintética, el triángulo de la cadena esclavista empezaba en las islas caribeñas. Allí se obtenía la melaza en las plantaciones de caña de azúcar; esta melaza era enviada a Nueva Inglaterra, donde se destilaba el ron y a menudo se fabricaba una variedad especial, de mayor contenido alcohólico, para los barcos negreros; de Nueva Inglaterra se zarpaba hacia la costa occidental de África (Guinea o Dahomey), donde el ron y otras mercancías eran cambiadas por esclavos. Éstos, a su vez, eran enviados a las islas del Caribe; allí se les empleaba para producir más azúcar, con lo cual el triángulo se volvía a dibujar en el mapa.
El ron no fue la única bebida involucrada en el comercio de esclavos. De hecho, en las primeras etapas ese trueque tuvo lugar por vino y posteriormente por brandy. El ron pronto demostró que, a causa de su alto contenido alcohólico, se echaba a perder mucho menos que el vino y permitía almacenar, en el mismo espacio, una cantidad superior de volumen, lo cual resultaba fundamental para los propósitos del comercio. Un historiador inglés, basado en la bitácora del balandro Adventure, concluyó que por un esclavo se pagaban entre 909 y 931 litros de ron cuando se trataba de mujeres, y 1.023 cuando se trataba de hombres.
En las travesías de África hacia el Caribe se les daba a los esclavos una pinta diaria de ron. Una vez en las plantaciones, se fomentaba que bebieran. Esa práctica, conocida como “el acondicionamiento”, permitía seleccionar a los débiles, someter a los rebeldes y apaciguar el miedo de la mayoría. Hay registros de plantaciones que sugieren que los esclavos recibían por lo general entre 9 y 14 litros de ron al año, aunque en algunos casos se llegaba hasta los 60, cantidad que podían beberse ellos mismos o intercambiar por comida. Dosis de ron extra también fueron otorgadas a quienes cazaban ratas (muy abundantes en los cultivos) o a quienes realizaban tareas especialmente desagradables. Como resultado, el ron se volvió una poderosa herramienta de control social y acabó transformándose con los años en otra poderosa marca de identidad caribe. No se pudiera decir que la gente desprecia el ron por el pasado infame que tiene a sus espaldas, pero sí que esa marca se ve como a trasluz de las botellas.

En el siglo XVIII la moda del ponche se extendió por toda Europa © Corbis
9
Las relaciones del ron con la Marina Británica son extremadamente peculiares y ciertamente no existe otro caso similar en el mundo. Es habitual que los ejércitos hagan acopio de licor antes de las batallas, y existen numerosas anécdotas que ilustran el punto. Sin embargo, el caso de la Royal Navy excede con creces tal costumbre. Digamos que esa relación empezó de manera informal en el siglo XVII. Los contingentes que viajaban hacia Jamaica llevaban en sus bodegas grandes cantidades de cerveza, la cual se utilizaba como parte de pago para la tripulación. En Jamaica, con los toneles vacíos, los barcos de la marina se reaprovisionaban con ron y volvían a surcar el océano.
La nueva bebida se fue popularizando a tal punto que en 1667 se adoptó como sustituto de la tradicional cerveza. Ya para 1680 era el trago favorito en las travesías interoceánicas. Sin embargo, el cambio de una cerveza aguada, de mal sabor y fácilmente corruptible a un licor de mucha más fuerza alcohólica, y mucho menos perecedero, tuvo las consecuencias previsibles en la disciplina y el ánimo de los navegantes. Para conjurar el problema, el almirante Vernon ordenó que el ron se diluyera con dos pintas de agua y que se añadiera a la mezcla un poco de azúcar y jugo de limón para hacerla más apetecible. Muy pronto este primitivo combinado adquirió el nombre de grog, en homenaje a su inventor. (El apodo de Vernon era “Old Grogram”, pues iba a todas partes con una capa tejida en un material tosco e impermeable llamado grogram.)
La feliz invención de Vernon tuvo consecuencias más allá de su popularidad como coctel. En el siglo XVII una de las principales causas de mortandad entre los marineros era el escorbuto. Esta enfermedad, que fundamentalmente se origina en una deficiencia de vitamina C en el organismo, parecía atacar menos a las tripulaciones inglesas, y este solo hecho animó multitud de leyendas sobre la superioridad racial de los anglosajones. Lo cierto es que las dosis de jugo de limón del grog aportaban los nutrientes básicos para impedir el escorbuto.
La costumbre duró hasta julio de 1970. Ese año, en parte por la crisis del petróleo, se suspendió una tradición que ya ajustaba un poco más de tres siglos.
El almirante Vernon, inventor del grog © Print Collector/HIP • TopFoto
10
En 1698, Inglaterra importó de sus colonias tan solo 941 litros de ron. Un siglo más tarde la situación era completamente distinta: ya los ingleses estaban bebiéndose más de nueve millones de litros al año. En las islas que producían ron, éste había dejado de ser un licor de esclavos y contrabandistas y era tomado por los terratenientes incluso cuando podían contar con brandy o vino madeira. La calidad también había mejorado. Ajustes en la destilación y una más adecuada comprensión del proceso elevaron el nivel de los aguardientes.
En Nueva Inglaterra el ron acompañaba no pocas actividades de la vida cotidiana. Se tomaba ron cuando se redactaba un contrato, cuando se vendía una finca, cuando se firmaban unas escrituras o cuando se le ponía punto final a un pleito. Podemos decir incluso que una de las causas que detonó la independencia norteamericana fue la promulgación del “Acta de la melaza”, que imponía un brutal tributo a las importaciones hechas desde las islas francesas del Caribe.
La popularidad del ron llegó a su clímax con la moda del ponche en Inglaterra. Nadie sabe muy bien por qué o cuándo se inició, pero a comienzos del siglo XVIII no solo en Londres sino en Bristol, Liverpool y otros puertos la gente de clase media bebía como loca en esos grandes cuencos de ron, jugo y frutas, de los cuales viene la palabra ponchera. La moda llegó hasta el continente y durante varios años fue una forma de emular las costumbres de los plantadores ricos del Caribe.

Texas, 1923. El ron fue muy contrabandeado durante la Prohibición © Corbis
A partir de allí el ron se esfuma de la escena mundial durante dos siglos y reaparece, inesperadamente, en los años de la Prohibición. Se suele pensar que la Prohibición y el whisky van de la mano, pero se olvida que el licor más contrabandeado en Estados Unidos, al menos entre 1919 y 1921, fue el ron. Personajes como Bill McCoy se apertrechaban de Bacardí en La Habana o de Captain Morgan en las Indias Occidentales y lo transportaban hasta la “Rum Row”, un límite marino a 19 kilómetros de la costa gringa y, por lo tanto, fuera de su jurisdicción. Los mexicanos no eran menos recursivos. Valiéndose de sus ponchos, y hasta de marranos disecados o de ingeniosas caletas en los vehículos, intentaban pasar clandestinamente sus alijos al otro lado de la frontera. Por cierto: una película de 1971 en que actúa Brigitte Bardot cuenta esta olvidada historia de los rum runners. Su título es Boulevard du rhum y de vez en cuando la pasan por el cable.
En los años cuarenta la industria del ron estaba pasando por una de sus peores crisis, pero casi de un día para otro el ron se puso de moda. La causa, como también sucedió durante la Prohibición, no estaba en el cambio de gusto del público sino en la escasez de otras bebidas, en particular el whisky. Hacia 1942 el gobierno norteamericano decidió que la casi totalidad de las destilerías se destinaran a producir alcohol de uso militar. Esta coyuntura fue aprovechada de inmediato por los productores de Puerto Rico, que desde entonces han hecho presencia en el mercado norteamericano, con independencia de las altas y bajas del negocio.
Sin embargo, el verdadero auge del ron en el siglo XX empezó con la Revolución Cubana. Después del triunfo de Castro en 1959, centenares de intelectuales y simpatizantes de la Revolución llegaron a La Habana para participar en lo que se suponía era el amanecer de una nueva época. Allí entraron en contacto con el ron. Poupée Blanchard, la segunda esposa del escritor argentino Rodolfo Walsh, cuenta que cuando vivían en La Habana y su marido trabajaba en Prensa Latina, era tan ubicua la presencia de la bebida que todos los apartamentos tenían “living ron”.
Tiempo después, muchos de esos militantes regresarían a sus países de origen y montarían, quién más quién menos, establecimientos que eran en muchos sentidos parques temáticos de la Revolución Cubana. Eso al menos fue lo que me pareció a mí cuando empecé a visitar los sitios de salsa en Bogotá en 1982. Por todas partes uno veía gente en guayabera, mulatas bravas, tipos con barba, afiches de Fidel o del Che en las paredes (no siempre: a veces los reemplazaban fotos del Benny), profusión de tabacos y en todas las manos, por todo el bar, el ubicuo ron del que hablaba Poupée Blanchard.
Los símbolos de la Revolución Cubana © Arne Hodalic • Corbis
11
Mención aparte dentro de esta historia del ron en Cuba merece la Casa Bacardí. Durante años las etiquetas del ron Bacardí han anunciado, debajo del logotipo del murciélago, que son un producto de Puerto Rico, donde la compañía opera una destilería desde 1937. Pero Bacardí fue fundada hace 146 años en un destartalado caserón de Santiago de Cuba por Facundo Bacardí Massó, catalán de nacimiento e hijo de padres analfabetos.
Facundo logró crear un ron suave, muy sabroso y ligero, que se apartaba de los estilos en boga en el siglo XIX. Pero fueron sus tres hijos, especialmente el mayor, Emilio, quienes transformaron esa creación en la gigantesca empresa que es hoy en día. En el proceso Bacardí entrelazó su historia de una manera tan estrecha con Cuba que hasta ahora no es fácil separarla.
En el primer hilo de esa trenza figura Emilio Bacardí, un personaje absolutamente extraordinario, se le mire por donde se le mire. Fue encarcelado en dos ocasiones por el gobierno español en las costas de Marruecos por su actividad revolucionaria. Aun así, dándose maña, logró mantener la empresa a flote y ser el alcalde de Santiago durante los convulsos años de la ocupación norteamericana. Creó el Grupo de Librepensadores Victor Hugo para practicar teosofía en un país de mayoría católica y para localizar una momia en un viaje a Egipto, que acabó por comprar y hoy es la pieza principal de un museo que fundó en su pueblo natal.
Otros hilos de la madeja incluyen a personajes tan conocidos como Hemingway, que dedicó su premio Nobel al santo patrono de Cuba durante una fiesta en su honor que le organizó la compañía, pero también a gente que pocas veces ha ocupado los titulares de la prensa. Uno de los más viejos jefes de producción en la planta de Santiago era hermano de Miguel Matamoros, el célebre compositor y pionero del son montuno. Asimismo, uno de los altos ejecutivos de la empresa era el padre de Vilma Espín, la joven guerrillera que andando el tiempo se convertiría en la esposa de Raúl Castro, el hermano de Fidel.
En un principio, las relaciones de la Casa Barcardí con la Revolución fueron cercanas. La compañía permitió que algunos de sus empleados se vincularan a la milicia castrista, y cuando la Revolución triunfó desplegaron en sus oficinas de La Habana una gigantesca pancarta que decía: “Gracias, Fidel”. José “Pepín” Bosch, el director general de Bacardí, acompañó a Fidel como consejero de negocios en el primer viaje que hizo a Estados Unidos, pero fue un idilio fugaz. Menos de un año más tarde el régimen castrista nacionalizó las instalaciones de la compañía, y casi toda la familia Bacardí y muchos de los ejecutivos abandonaron Cuba, para convertirse en beligerantes opositores de la Revolución en Miami y fraguar planes tan siniestros como cómicos. Según parece, tras el fracaso de bahía de Cochinos, Bosch compró un Douglas B-26 y planeó en secreto bombardear las refinerías petroleras cubanas para desestabilizar al gobierno de Castro. El plan fue abortado solo porque Bosch no encontró ningún piloto dispuesto a comandarlo.
A la compañía también le ha gustado divulgar durante años una historia bastante pueril que involucra al Che Guevara. De acuerdo con ella, el Che le exigió a un viejo empleado de Bacardí que permaneció en la isla que le revelara la fórmula secreta para fabricar el ron. El empleado se resistió, aguantó las torturas, pero finalmente confesó todo lo que sabía. Se rumora, sin embargo, que la oficina de Guevara perdió el papel con la fórmula.
Y después está la contienda de Bacardí con Havana Club, el largo y penoso litigio que ya cumple 10 años. Pero ésa es otra historia y no la voy a contar aquí.
La Bodeguita del Medio era uno de los bares favoritos de Ernest Hemingway © Philippe Giraud • Corbis
12
Siempre me sorprendió que la historia del ron haya llegado hasta nuestros días como un tema virgen, porque (tal como se ha visto en las páginas anteriores) es una bebida entrelazada con el desarrollo económico del Caribe, con el comercio esclavista entre América y África, con la marina británica, con la independencia de las 13 colonias que después se transformaron en Estados Unidos y hasta con los principales íconos de la Revolución Cubana. Tal vez por eso pocas personas pueden asociar el ron con personajes concretos o con hechos históricos significativos, más allá de referencias generales a cuestiones como “era el trago favorito de los piratas”. Eso no pasa con otras bebidas. Hasta el más despistado sabe que James Bond adora el martini “agitado, no batido”, según reza la fórmula patentada en los libros de Ian Fleming, o que el negroni es el coctel por excelencia de las terrazas, el sol y los periódicos en las películas del neorrealismo italiano.
Quizá la única persona universalmente famosa por beber ron sea Ernest Hemingway. En su novela póstuma Islas en el golfo, el viejo Papa dejó escrita su devoción por el daiquirí y dos bares míticos de La Habana, el Floridita y la Bodeguita del Medio. Otras referencias aparecen en Tener y no tener o en el inagotable y colorido anecdotario de sus noches de cogorza. En una de ellas se encerró a beber tan desaforadamente en el Ambos Mundos que ahora el episodio recibe el título de “los diez días que estremecieron a Bacardí”. En este recuento no voy a insistir con ese rosario de anécdotas, por más sabrosas que sean, ni a subrayar el vínculo de Hemingway con el daiquirí, cuyos pormenores conocen lectores incluso no muy dados a leer sobre cocteles. En su lugar, prefiero abrir un álbum de bebedores cuyo vínculo con el “hijo alegre de la caña de azúcar” no resulte tan obvio.
Esa lista, por derecho propio, la encabeza el monje dominico Jean-Baptiste Labat (1663-1738), mejor conocido en la historia como Père Labat. A los 30 años, este sacerdote parisino se ofreció para ir en misión de catequesis a la isla de Martinica. Muy pronto puso patas arriba la parroquia de Macouba, construyó edificios y se hizo plantador de caña. En 1696 fue nombrado síndico de las islas francesas del Caribe, motivo por el cual estuvo en muchos lugares, desde Granada hasta La Española. En su monumental obra de seis tomos, Nouveau voyage aux isles françoises de l’Amérique, publicada en 1722, cuando ya estaba de regreso en París, Labat se ocupa minuciosamente de todo lo relacionado con la producción de azúcar. De hecho, una leyenda sostiene que fue el inventor de un “brandy de caña” para curar las fiebres que posteriormente daría origen a lo que ahora conocemos como ron. Tuvo esclavos y defendió la esclavitud; sin embargo, a diferencia de casi todos los plantadores, se sintió fascinado por sus costumbres, en particular la del baile, y dejó amplia constancia de ello en su monumental libro. Por todo lo anterior, un ron de la isla Marie-Galante lleva su nombre.
A Robert Louis Stevenson (1850-1894), no obstante su mala salud, le gustaban los licores. Y aunque no sabía gran cosa de marinería, se encargó de que nuestra percepción de los piratas fuera definida para siempre por La isla del tesoro. Es gracias a ese libro que la mayoría de los lectores piensa (¡pensamos!) que los bucaneros eran fanáticos del ron, usaban parche en el ojo, llevaban un mapa consigo, capitaneaban goletas, tenían pata de palo y los coronaba un loro encima de los hombros. La isla del tesoro abunda en subyugantes historias de licor y locura (por ejemplo, las que cuenta Billy Bones en la Posada del Almirante Benbow), pero nada ha hecho tanto por el ron como la pegajosa melodía de “Yo ho ho and a Bottle of Rum”. En la banda sonora de Piratas del Caribe puede oírse una versión contemporánea, pero la más arrebatadora sin duda sigue siendo la del coro de Robert Shaw (que el melómano encontrará en YouTube).
El azar quiso que Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901) se volviera devoto de los rones del Caribe. Un año antes de su nacimiento una mortífera plaga, la filoxera, invadió los viñedos de Francia y afectó de manera dramática la producción de vino en los siguientes 25 años. En vista de la escasez, el gobierno se vio obligado a levantar las cuotas que pesaban sobre el ron para proteger la industria nacional del brandy, y permitir el ingreso de espirituosos de Marie Galante, Martinica o Cuba. Un amigo de Hemingway, Fernando G. Campoamor, logró establecer que una destilería de Cienfuegos proveía de rones al Moulin Rouge, donde muy seguramente los conoció y los paladeó Toulouse-Lautrec.
En alguna parte de sus Obras completas José Martí (1853-1895) habla como al pasar de los “rones rojos de Jamaica”; aparte de ésa, no es fácil encontrar otras referencias al ron en sus escritos. Con todo, Martí sí les prestó atención a los mascavidrios, que es como les decían en su Cuba natal a los roneros de tanda larga que, en su ansiedad etílica, mordían los vasos con los dientes.
Toulouse-Lautrec, un inesperado bebedor de ron © Maurice Guiberto • Corbis
No se sabe con exactitud en qué año nació Constante Ribalaigua. Solo se tiene certeza de la fecha de su muerte, 1952, en La Habana. Los lectores de Hemingway lo identifican de inmediato, pues se supone que Constante (en realidad, Constantino) fue el inventor del daiquirí en el Floridita. En realidad, este genial cantinero catalán parece haberle dado el toque final a un combinado que ya existía desde el siglo XIX en Cuba, la canchánchara. Sea como sea, el daiquirí es un trago que figura en todos los manuales del oficio, y Ribalaigua conserva el honor de ser uno de los míticos bartenders que hicieron de La Habana el sitio ideal para tomarse unas copas en los años treinta.
“Rum and Coca-Cola” es el título de un popular calipso. Fue compuesto por Lord Invader (1915-1961) y Lionel Belasco (1881-1967), dos grandes músicos de Trinidad, pero se convirtió en éxito gracias a las Andrews Sisters, que en 1945 estuvieron diez semanas en el número uno de los listados de Billboard con esta controvertida canción que habla de soldados y muchachas. En español se conoce el cover de Julio Iglesias que, como de costumbre, masacró el tema en su álbum Hey!
(A propósito del cuba libre, H. L. Mencken (1880-1956) en su libro The American Language, de 1921, escribía con su tradicional acritud sobre una variación temprana del combinado: “Los trogloditas de Carolina del Norte acuñaron el término jump stiddy para designar una mezcla de Coca-Cola con alcohol desnaturalizado, por lo general obtenido de radiadores de automóviles; los conocedores, se dice, prefieren el sabor del que se añeja en los Ford Modelos T”.)
En El guardián entre el centeno, Holden Caulfield proclama orgullosamente que el daiquirí es su bebida favorita. Sin embargo, en toda la historia solo se atraganta de whisky escocés con soda.
Pocas personas recuerdan que el poeta piedracielista Jorge Rojas fue el distribuidor exclusivo para Colombia del ron Bacardí. En su casa tuvo durante años la réplica de una barrica con el logo del murciélago, melancólico souvenir que hoy en día custodia el librero Álvaro Castillo. También rueda por ahí una foto en la que Rojas y Pablo Neruda juegan con ese tonel.
Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), como pueden testificarlo numerosas personas, tomaba de preferencia cuba libre y siempre, sin excepción, añadía en la mezcla ron Medellín Añejo. Era tan riguroso en la aplicación de los ingredientes que sus amigos hablan del ron Medellín Vallejo.
Y hablando de fotos: una de las mejores que le hicieron a Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972) tuvo lugar en La Cueva, el mítico bar donde García Márquez pasaba las noches de melopea en Barranquilla. En esa foto el Nene tiene la cara pintada con óleo y detrás de él puede verse un cuadro de Juan Antonio Roda. Si uno mira a la derecha se ve, nítida, una botella de ron marca La Cueva. ¿Cómo es posible que a nadie se le haya ocurrido robarse la idea y fabricarlo en serie?
Alejandro Obregón (1920-1992) bebía como un condenado ron Tres Esquinas, pero también lo usaba para hacer sancocho y de vez en cuando, como me lo dijo una vez, seguramente mamando gallo, para lograr un específico tono de azul en sus cuadros.
En esta lista también deberían figurar Hunter S. Thompson y su Diario del ron, Elmore Leonard con Rum punch y Cuba Libre y algunas crónicas de Paul Theroux. Pero esta lista no es y nunca pretendió ser exhaustiva.

Manuel Mejía Vallejo y su inseparable compañero. © Biblioteca Pública Piloto de Medellín
13
Llegados a este punto, debo decir que el ron, hoy en día, es un producto diferente. Se ha separado de las grandes plantaciones de azúcar y ya no es, salvo el caso de una que otra destilería, un subproducto que permite añadir unos pesos al negocio principal de los ingenios. Atrás, en su turbulenta historia, han quedado el infame comercio de esclavos, el olor nauseabundo, la destilación precaria, los efectos deletéreos en el organismo. Hoy en día el ron es, en casi todas partes, un espirituoso de primera calidad. Por eso carece de sentido insistir en que es un trago de pobres, al cual solo se acude cuando no queda más remedio. Quienes piensan así ignoran que la destilación del ron ha adquirido tanta versatilidad y refinamiento como las del brandy y el whisky. Despreciar el ron es una muestra de incultura alcohólica.
Cuando se habla de ron, hablamos de una bebida que tiene tantos matices y estilos como puede tenerlos el vino. Un ron fuerte y corpulento de Jamaica, con su inconfundible aroma a laca de uñas y plátanos maduros, no es lo mismo que los exuberantes rones agrícolas de Martinica o Guadalupe, en los cuales podemos toparnos con ingredientes tan sorpresivos como la pimienta blanca. Un Santa Teresa 1796, suave y sedoso al paladar, con ese toque final de frutas caramelizadas, difiere por completo de un El Dorado guayanés, cuyos aromas nos recuerdan de inmediato a un beneficiadero de café. Esa diversidad se mantiene incluso en los cocteles, porque un daiquirí con Bacardí Blanco es muy diferente a uno con Varadero Silver Dry, o un Honolulu Cooler sabe distinto si en la mezcla va un San Miguel ecuatoriano o un Appleton White.
No es extraño, entonces, que el consumo de ron esté aumentando en todas partes. Havana Club, después de su joint venture con Pernod Ricard, es la compañía de licores que más ha crecido en el mundo. Rones de primerísima calidad, cuyos precios alcanzan los 90 dólares, están invadiendo los supermercados. Ahí están, para quienes quieran probarlo, el Zacapa de Guatemala o el Carúpano de Venezuela. (Dicho sea de paso, ¡qué sápidos y arrebatadores los rones venezolanos!) Paralelamente, varias compañías como Riedel trabajan en el diseño de una copa que permita degustar el ron como se debe.
Aun así el panorama no es idílico, pues casi todos los productores se enfrentan al mismo dilema. Por un lado, cuentan con un sólido negocio de gran volumen del que se resisten a prescindir. Por el otro, saben que para prosperar deben convertirse en empresas pequeñas, atender la calidad y diferenciarse de la competencia.
Alvaro Cepeda Samudio en los días de La Cueva © Nereo López
14
Las razones para beber (suponiendo que debamos darnos razones para beber) son muy diferentes y varían de persona a persona. A mí me gusta el ron porque, de todos los tragos que existen, es el que más notoriamente me despierta las ganas de vivir. No pudiera enumerar, de tantos que son, aquellos momentos en que el ron me lanzó al puro disfrute de la vida. No pudiera, salvo si cometo una injusticia con mi memoria, hacer un catálogo de aquellos instantes en que el ron fue risa, baile, pasión, grupo de amigos. Pero ahí están, tercos como una incandescencia, los sábados con Darío en que componíamos y descomponíamos el mundo, las noches con Belinha en que un hálito de ron era el perfume de nuestros cuerpos que se amaban, tantos días y tantas tardes con Héctor, al amparo bienhechor de un ron que hacía de imán y convocaba en nosotros los duendes de la conversación y el espíritu de fiesta. Ahí está, sí, mi largo amor con Pilar que ya cumple diez años. Solo por eso, me digo en silencio, habrá valido tantos tragos.